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Conozca la historia de una mamá que viajo a México a encontrar a una mujer que acosaba a su hija

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Roxana Dominguez (Mamá)

Antes de empezar la entrevista, Roxana Domínguez adelanta que está sensible. Le acaban de avisar que una vez más se postergó el tratamiento de la ley contra el grooming que lleva el nombre de Micaela Ortega, la adolescente de 12 años asesinada por su acosador en Bahía Blanca. Dice que es solo un trámite burocrático, pero que siempre encuentran una excusa para postergarlo. La bronca se le confunde con la emoción. Después de años de dilaciones, apenas unos días atrás se oficializó el lanzamiento de la primera campaña de prevención contra el grooming a nivel nacional.

Hasta 2009, Domínguez nunca había escuchado la palabra grooming. La figura legal tampoco existía en el país. Ni siquiera tenía una mínima noción de computación en realidad. Pero su historia personal, la de su hija, la hizo convertirse en una de las principales referentes del tema.

Su hija adolescente había sido contactada a través de Facebook para participar de un juego de rol, de ángeles y demonios, vinculado al manga japonés. A cada jugador le asignaban un personaje a seguir, pero no había un guion preestablecido. En esa partida coincidían 75 chicos de distintas partes del mundo, que firmaban un “contrato de alma” y debían entregar su “esencia” para ingresar. Un líder, conocido como “sensei”, manejaba sus rutinas cual titiritero.

Lo que comienza como un vínculo amistoso se convierte en una relación perversa. Ante la presión, la joven compartió datos personales, fotos y videos sexuales y ahí perdió el control de su vida. El sensei disponía, la amenazaba con difundir el material, y ella actuaba en consecuencia. Hoy vas a estar triste, no te vas a bañar, vas a comer poco y vas a estar todo el día acostada. O al contrario: hoy vas a estar alegre, te vas a bañar, vas a comer mucho y les vas a decir a tus papás que querés libertad.

Ella cambió su temperamento, bajó el rendimiento escolar y se aislaba. Dejó de ir a básquet, dejó de estudiar inglés, dejó hasta de tener contacto personal con sus amigas. Su rutina pasó a conectarse y pasar el día entero jugando porque se lo exigían. La psicóloga nos decía que mostraba signos que coincidían con el abuso sexual”, cuenta Domínguez en una entrevista con Infobae.

Ni la madre ni el padre entendían de dónde podía venir ese abuso. Tan ajenos eran a internet que ni siquiera tenían correo electrónico por entonces. Un día su hija ya no toleró la presión y explotó. Le pidió ayuda. “Mamá, ayudame a salir de esto”, le dijo.

La manipulación la llevó a dos intentos de suicidio. Un día, incluso, desapareció por varias horas. Recién le habían dado la libertad de ir y venir de la escuela, pero ese día nunca regresó. La madre se desesperó y fue a la comisaría del barrio. Después de hacer la denuncia, la llevaron a la morgue a reconocer un cuerpo para saber si era su hija. Cinco horas después la encontraron golpeada. Habían abusado de ella.

“A veces parece que tenés que hablar del abuso como algo liviano si es que la encontrás viva, como si eso no doliera. Pero a mi me tocó quedarme sin aire, ir hasta la morgue para saber si la que estaba ahí era mi hija. Es una sensación que no te alcanza respirar. Pude decir: ‘Ella no es mi hija’. Como si esa piba no me importara. Sí me importaba, pero no mi hija”.

Ese día marcó un quiebre. Desde entonces, intentó invertir los roles. Se metió a jugar el mismo juego de rol, a mirar y a entender la dinámica. Pasó dos años delante de una pantalla ganándose la confianza del “sensei”. Tal como había manipulado a su hija, ahora era ella quien había logrado controlarlo.

-Me sentía responsable porque nosotros habíamos comprado una buena computadora y habíamos instalado internet. Me llenó de culpa porque uno tiene que estar preparado. Por eso, estuve interactuando dos años en ese juego.

-¿Hasta dónde pudiste llegar?

-La captación fue al revés. Tuve la mente de esa persona en mi mano como ella tuvo con mi hija. Crucé todas las barreras sin importarme absolutamente nada. Esa persona resultó que no era un hombre, sino una mujer. Me dio mucha más bronca desde el propio género porque vivimos en una sociedad que desde siempre nos dicen que tenemos que tener cuidado de los abusos y alejarnos de los hombres, y en este caso resultó ser una mujer. Me dio muchísima bronca.

-¿Pudiste saber dónde vivía, acceder a datos personales de ella?

-Esta mujer vivía en México. Fui a hacer la denuncia y no me dieron bola. Y no insistí con la denuncia. Ni siquiera había una figura penal donde entrara y era tal mi bronca… A mi hija me la hicieron mierda psicológicamente. Yo tuve la oportunidad de pagar a alguien que me enseñe, que me guíe y me diga cómo buscar. Si no hubiese tenido esa posibilidad, no sé si la tengo viva.

-Y decidiste viajar a México…

-Crucé la frontera. Empecé a entender un camino que tiene que ver con la trata. Estuve cuatro meses y medio. Me instalé allá para encontrar a esta persona e hicimos la denuncia correspondiente. Ahí nos dimos cuenta de que en México sí había penas mucho más severas por distribución de pornografía infantil. En nuestro país la simple tenencia ni estaba penalizada. Entendí que mi vida corría riesgo, que podía no estar viva y lo único que quería era volver a mi país. Con todo lo que viví, perdí el miedo.

-¿Tuviste la oportunidad de tener en frente a esta mujer?

-Sí, fue duro. Muy duro. La tuve en frente y no me podía sacar la sensación de querer reventarla a trompadas. Fue la segunda vez que Dios me miró y me hizo entender un montón de cosas. Vos no te podés enfrentar al gran monstruo de la trata de personas porque tiene que ver con el poder económico y político.

Pasó una década. Su hija está cerca de recibirse de abogada. Tras años de terapia y acompañamiento, hoy está mejor, aprendieron a reirse y hablar con naturalidad del tema, aunque su madre dice que “nunca volvió a ser la misma”. Ella tampoco.

El compromiso ante la indiferencia

El 5 de diciembre de 2012 volvió a la Argentina, sabiendo que el año siguiente iba a ir por la ley. “Me choqué contra un paredón, peor de lo que es el delito en sí”, dice. Durante ocho meses, de lunes a viernes, estuvieron en la calle junto a otro grupo de madres reclamando por la ley. Llegaron a encadenarse para que las escuchen. Los atendió un funcionario que le dijo una frase que le quedó guardada: “Calmate que vos acá no tenés derechos y tu hija tampoco. Acá se pelea el poder por el poder mismo”. La frase la encendió por dentro. “¿Así que el poder por el poder mismo? Perfecto. A partir de ahora soy una ciudadana que te va a romper las pelotas todos los días”, le respondió.

Domínguez fundó la ONG Mamá en línea, que preside hasta hoy. El delito la “abrazó” y se convirtió en una referente en grooming en la Argentina. “En definitiva, lo que muchos piensan es: ‘No te estoy tocando, no es un delito’”. Y sí es un delito que arranca desde una manipulación psicológica. El grooming es eso: el abuso de poder de un adulto hacia un menor. Le van quitando la inocencia con un clic. Los pedófilos antes se sentaban en la puerta de la escuela; hoy se sientan en el living de sus casas a buscar pibes por internet”, explicó.

La especialista enumeró tres etapas del delito. La captación: primero generan un vínculo de confianza. Luego cuando acceden a los datos se produce el chantaje: presionan pidiendo más fotos, más videos. Por último, viene la extorsión: en caso de que los adolescentes no compartan más contenidos, amenazan con difundir todo el material del que ya disponen.

“Es muy difícil hablar de abuso infantil. Hay un caso en la tele y lo cambiás porque te duele. El grooming no tiene escalas sociales. Apunta a todos. Y hay que entender que el amigo de un amigo en las redes sociales es un perfecto desconocido. A los políticos nunca les importó el tema. La pregunta que les deberíamos hacer es por qué tardan tanto en poner el tema en agenda. ¿Cuáles son las prioridades que tienen? El abuso sexual es así: vos lo combatís o lo consumís. No hay zonas grises”, remarcó.

Casi un año después de su regreso, el 13 de noviembre de 2013 se sancionó la ley número 26.904, que pena con prisión de seis meses a cuatro años al que contacte a un menor de edad “con el propósito de cometer cualquier delito contra su integridad sexual”. Ellos pedían además una campaña nacional de prevención que nunca se había concretado hasta ahora.

Ante la multiplicación de casos de grooming durante la cuarentena, Domínguez se reunió con el ministro de Educación, Nicolás Trotta. Lo convenció de lo necesario que era una campaña de prevención para un delito que aún gran parte de la sociedad desconoce. El funcionario convocó a los principales medios de comunicación públicos y privados, se sumaron también empresas tecnológicas y telefónicas, y en las próximas semanas lanzarán una serie de anuncios para informar y prevenir. La madre confía en que por fin se empezará a hablar de grooming en el país.

Con información de Infobae

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